lunes, 23 de noviembre de 2009

Cohabitando el mismo cuerpo: danza y teatro.


Recuerdo que hace 15 o 16 años fui a ver una función de una compañía canadiense llamada Carbone 14; Café de Ciegos se llamaba el espectáculo. Yo salí maravillado, pero al mismo tiempo desconcertado, pues no sabía que había visto. Lo que sí recuerdo es que los intérpretes no parecían ni actores ni bailarines, pero se movían como animales, en el mejor sentido de la palabra. Se colgaban de unas barras, saltaban entre ellos, corrían como desesperado, se aventaban sillas y mesas, hablaban y creo que hasta cantaban. Y aunque tal vez no hubiese entendido claramente la anécdota, hubo una verdadera comunicación conmigo y con el público.

Con lo anterior no quiere decir que la propuesta de Carbone 14 descubrió el hilo negro en la danza, ni mucho menos en las artes escénicas, pues reconozco que en su propuesta había una fuerte influencia del expresionismo de la danza alemana. En Alemania, desde los años 20´s, surgió el Expresionismo en la danza, como una clara ruptura con la escuela del Ballet. Es así como Rudoph Laban (1879 – 1958), Mary Wigman (1886-1973), Kurt Jooss (1901-1978 ), Harald Kreutzberg (1902-1968) y sus seguidores hicieron de este movimiento una escuela que se denominaría posteriormente Tanztheater (Danza-Teatro), teniendo como gran exponente, en las últimas décadas, a la ya fallecida Pina Bausch (1940-2009). Dentro de la corriente de la danza expresionista no creo que sea pertinente hablar de una técnica de movimiento en especial, pues lo interesante de esta propuesta es que cada exponente desarrolla su propio método de aprendizaje, sin querer imponerlo, pues retoma fundamentos humanistas, donde lo importante no es la dominación de una determinada técnica de movimiento, sino el contenido, que tiene que ser coherente con el momento social, histórico, filosófico actual, y sobre todo, congruente con las posibilidades y habilidades corporales del intérprete.

En este sentido, no me refiero a que sólo quienes se dedican a la danza deberían explorar más allá de la técnica dancística con la que se formaron, sino que va dirigido a todo individuo que se dedique a las artes. Por ejemplo, el estudiante de actuación, hoy más que nunca, no sólo debe desarrollar habilidades verbales y corporales, sino también musicales, plásticas, y tener conocimientos de todo tipo (hasta de cocina si es posible), pues mientras más se aventure a descubrir otras formas de expresión, irá construyendo más y diferentes sinapsis, con las cuales le ayudarán, sobre todo, a reconocer lo que puede ser capaz de hacer y de ser, permitiéndose hacer lo que sea y ser honesto con su quehacer artístico.

Propuestas escénicas, que parecieran nuevas e innovadoras, por combinar varias expresiones artísticas, como el Teatro Físico (en donde no se sabe si es danza, circo, maroma o teatro, ambas o ninguna), son importantes de conocer, y reconocer que los orígenes de algunas de estas manifestaciones son el Release, la Danza Expresionista Alemana, Improvisación de Contacto, etc., combinadas con las teorías de exponentes del teatro contemporáneo como Eugenio Barba, pasando por técnicas orientales como el Butoh o el Yoga.

La danza y el teatro son manifestaciones que cohabitan entre si, ayudándonos a reconocer lo básico de nuestra propia existencia, que al ser revelado, nos sorprende contundentemente.

Ahora entiendo que fue lo que me produjo Café de Ciegos: simplemente me hicieron sentir vivo. Vivo como nuestro país, que pareciera colapsarse por la crisis económica y social, pero que no sucede así; vivo como el cuerpo que no acompaña en la escuela, en el trabajo, con nuestros amigos y familia; vivo como nuestros cuerpos que cambian día a día, donde sangre, músculos y huesos no dejan de moverse, y que no dejarán de hacerlo hasta que nosotros así lo deseemos.

Si orgánicamente estamos cambiando constantemente, esto quiere decir que podemos modificarnos y ser cualquier cosa que queramos ser, no sólo actor o bailarín, pues como dice el refrán: todos tenemos algo de músico, poeta y loco.

Marco Antonio Flores
Noviembre, 2009

Imagen: Mucho que perde, de la compañía valenciana La Coja Dansa.

Sólo 5 minutos, y si puedes un poco más…


En el mes de agosto tuve la oportunidad de ver un espectáculo denominado El Gallo, dirigido por Claudio Valdés Kuri con música del británico Paul Barker, dentro del XI Festival Internacional Música y Escena. A través de la música y la corporalidad de los actores-cantantes, nos llevaron por las vicisitudes escénicas a la que se enfrentan un director musical y su coro sui géneris. En esta puesta en escena existe una línea dramática bien definida, pero no hay textos que nos permitan tener claro que le dijo un personaje a otro; juego escénico que no da oportunidad a la distracción en ningún momento, capturándote desde el principio hasta el final. Era estar interpretando continuamente lo que estaba sucediendo; un devenir de risas, angustias y catarsis de casi dos horas, tanto para los intérpretes como para el público. Pero... ¿a caso esto no es vivir? Estamos constantemente interpretando lo que nos dicen, vemos, saboreamos y sentimos, tomando decisiones a partir de todos los estímulos que nos rodean.
Conectarnos con nuestra realidad, abriendo conscientemente los sentidos, nos llevan a descubrirnos, o nos acerca a la idea de quiénes somos y de donde estamos parados. Imaginarnos en circunstancias ajenas a nuestra realidad nos permite evolucionar y desarrollar nuevas maneras de construirnos. Lo que nos provoca al ver una película, disfrutar de una exposición, presenciar un montaje escénico, es el talante actual para evolucionar, pues no tenemos la necesidad de buscar refugio y alimento para sobrevivir día a día como lo hacían nuestro antepasados prehistóricos, que mediante una lucha constante con la naturaleza, desarrollaron un sistema nervioso central apto para sobrevivir.
Ya Gordon Childe, arqueólogo australiano, a principios del siglo XX, en su libro Los orígenes de la civilización planteó que… el desenvolvimiento de un sistema nervioso y de un cerebro, hace que la vida sea posible en condiciones más variadas. Pero no sólo basta ejercitar el pensamiento para seguir evolucionando, pues lo más seguro es que terminaríamos siendo máquinas funcionales. El desarrollo intelectual tiene que estar en armonía con un cuerpo sensible, que perciba su alrededor y, principalmente, su interior. No hay nada afuera de nosotros, que exista adentro.
Moshé Pinchas Feldenkrais, científico ruso, doctor en física, en los años 50 del siglo pasado, estudió la relación que existe entre el movimiento corporal y la manera de pensar, sentir, aprender y actuar en el mundo, estableciendo las bases del método de Autoconciencia por el movimiento e Integración funcional, que hoy día se conoce como el Método Feldenkrais, que en palabras de él mismo nos dice: La vida es movimiento. La vida es un proceso. Incrementa la calidad de ese proceso e incrementarás la calidad de la vida misma.
Que mejor que las expresiones artísticas para mejorar nuestra calidad de vida, pues nos llevan a un viaje interno, tanto corpóreo como mental. Y ni siquiera hace falta ir a un teatro o a un museo para tener experiencias estéticas. Otórgate sólo 5 minutos, y si puedes un poco más… Cierra los ojos, coloca tus manos en el pecho y pon atención a tu respiración y a los latidos de tu corazón. Sin prisa déjate llevar por lo que sucede. Al pasar 3 o 5 minutos, abre los ojos: dibuja o escribe lo que imaginaste. No importa que no sea coherente, sólo permite que se exprese tu creatividad. Comparte lo que hiciste. La interpretación que le diste a tu acto creativo, comparándolo con la interpretación que los demás hagan, te sorprenderá del nuevo sentido que le darás a los latidos de tu corazón.

Marco Antonio Flores
Septiembre, 2009